En medio de negociaciones, concesiones, presiones, cafés con leche y loros opinando en Twitter, el oficialismo logró que el Senado dé media sanción a la polémica reforma laboral. Ahora la pelota pasa a Diputados, y afuera sigue la peña de chistes, protestas y memes.
¿Quién dijo que política y chisme no van de la mano? El Senado argentino, ese lugar donde a veces se debate con altura y otras con más gritos que mesa de bar en hora pico, aprobó en general la reforma laboral que el gobierno quiere imponer como si fuera un descuento en el súper. Con 42 votos a favor y 30 en contra, el proyecto pasó la primera prueba entre aplausos, ceños fruncidos y algunos murmullos tipo: “¿qué era esto?”.
La cosa venía caliente desde antes. Imaginate una olla a presión, tres gobernadores renegando, la CGT caminando como cuando tenés hambre y no sabés si comer o dormir, y Patricia Bullrich jugando a ser la mediadora estrella tipo tía que quiere unir a toda la familia en Navidad. Tras más de 50 cambios —parece que hicieron un remix completo— el texto quedó listo para dar el salto hacia la Cámara de Diputados.
El proyecto, que ya generó protestas que parecen fiesta de pueblo con policía incluida, busca “modernizar” las relaciones laborales. O sea: baja costos para las empresas, alarga horarios, y le da más margen de juego a los patrones como si fueran el DT del equipo en un picadito donde los obreros ya llegaron cansados. Afuera del Congreso hubo tanta gente protestando que parecía un superclásico con barra incluida —y claro, también hubo algún que otro choque con la policía, porque la política argentina sin piquete es como una empanada sin carne.
En el recinto, los bloques oficialistas y aliancistas celebraron como si hubieran ganado una final copera, mientras los representantes del peronismo se quedaron con cara de “¿esto era todo?”. Algunos opositores dijeron que esta reforma sacaría derechos como quien saca la última porción de pizza sin avisar, mientras los oficialistas aseguraron que era lo más necesario desde que inventaron las facturas con crema.
Y sí: hubo cambios, regateos, más vueltas que un reggaetón urbano y concesiones con más cláusulas que contrato de alquiler. Entre ellas, eliminar un artículo sobre el Impuesto a las Ganancias que molestaba más que mosca en sopa, y acordar detalles sobre aportes sindicales que terminaron siendo como ponerle freno a un carrito sin frenos.
Ahora la reforma va a Diputados, ese lugar donde se dice “ah, esperá… veremos…” con más drama que novela turca. ¿La van a aprobar? ¿La van a retocar otra vez? ¿Alguien la va a mandar a la heladera hasta las elecciones? Mientras tanto, afuera siguen los cánticos, los pitos, los memes, y el pueblo preguntándose si esto de “trabajar más y cobrar menos” es broma o si al final Mariano o Sofía lo pusieron en la lista de bromas pesadas de 2026.
