Finalmente, el «milagro» económico llegó a la planta de Fate en San Fernando. Tras 80 años de historia aburrida dando trabajo, la fábrica bajó la persiana definitivamente, dejando a 920 familias «libres» de la opresión de tener un salario fijo. La familia Madanes Quintanilla explicó que se trató de una «tormenta perfecta», un eufemismo elegante para describir lo que pasa cuando combinas un conflicto gremial eterno con un modelo económico que parece diseñado por el enemigo: apertura indiscriminada y caída del consumo. Al parecer, la industria nacional era otro de esos «curros» que había que eliminar.
La receta del gobierno para «bajar la inflación» funcionó de maravilla: bajaron los aranceles a la importación del 35% al 16% y, ¡oh sorpresa!, nos invadieron los neumáticos asiáticos. El ingreso de cubiertas extranjeras saltó un 34,8% y los precios locales bajaron un 42,6%, destruyendo la rentabilidad de quien se le ocurra producir en el país. Básicamente, se les dijo a los industriales argentinos que compitieran contra productos subsidiados en Asia mientras acá les quitaban el oxígeno. Una genialidad de mercado: ahora tenemos precios más bajos, pero nadie tiene plata ni trabajo para comprar las ruedas.
Por supuesto, no podía faltar la culpa al «costo argentino». La empresa se cansó de pelear con el SUTNA (el sindicato del neumático), alegando que la planta era ingobernable. Porque claro, en la lógica libertaria, el problema no es que el mercado interno esté raquítico, sino que los trabajadores pretendan negociar salarios o condiciones para los fines de semana. Javier Madanes Quintanilla ya había avisado que la disputa era sobre «quién maneja la planta». Bueno, asunto resuelto: ahora no la maneja nadie, y los portones están cerrados con candado.
Lo más divertido —si no fuera trágico— es la reacción del Gobierno. La misma administración que aborrece la intervención estatal salió corriendo a dictar la conciliación obligatoria por 15 días. Al parecer, las «fuerzas del cielo» necesitan un par de semanas de burocracia terrestre para ver cómo explican que casi mil personas se quedaron en la calle. Mientras tanto, el «Pollo» Sobrero y el sindicato prometen rodear la fábrica, en un escenario que se parece menos a un país europeo y más a una olla a presión a punto de estallar.
Para coronar este triunfo del capitalismo de amigos, se supo que Fate, muy hábilmente, le vendió parte de su predio a Aluar (sí, la otra empresa de la misma familia) por 27 millones de dólares justo antes de apagar la luz. Una jugada maestra: la plata queda en casa, el terreno se valoriza y los 920 trabajadores se quedan mirando cómo la «casta» empresarial se reacomoda. Así cierra Fate en este 2026, convirtiéndose en el monumento perfecto al modelo actual: un negocio inmobiliario exitoso sobre las ruinas de una fábrica.
La receta del gobierno para «bajar la inflación» funcionó de maravilla: bajaron los aranceles a la importación del 35% al 16% y, ¡oh sorpresa!, nos invadieron los neumáticos asiáticos. El ingreso de cubiertas extranjeras saltó un 34,8% y los precios locales bajaron un 42,6%, destruyendo la rentabilidad de quien se le ocurra producir en el país. Básicamente, se les dijo a los industriales argentinos que compitieran contra productos subsidiados en Asia mientras acá les quitaban el oxígeno. Una genialidad de mercado: ahora tenemos precios más bajos, pero nadie tiene plata ni trabajo para comprar las ruedas.
Por supuesto, no podía faltar la culpa al «costo argentino». La empresa se cansó de pelear con el SUTNA (el sindicato del neumático), alegando que la planta era ingobernable. Porque claro, en la lógica libertaria, el problema no es que el mercado interno esté raquítico, sino que los trabajadores pretendan negociar salarios o condiciones para los fines de semana. Javier Madanes Quintanilla ya había avisado que la disputa era sobre «quién maneja la planta». Bueno, asunto resuelto: ahora no la maneja nadie, y los portones están cerrados con candado.
Lo más divertido —si no fuera trágico— es la reacción del Gobierno. La misma administración que aborrece la intervención estatal salió corriendo a dictar la conciliación obligatoria por 15 días. Al parecer, las «fuerzas del cielo» necesitan un par de semanas de burocracia terrestre para ver cómo explican que casi mil personas se quedaron en la calle. Mientras tanto, el «Pollo» Sobrero y el sindicato prometen rodear la fábrica, en un escenario que se parece menos a un país europeo y más a una olla a presión a punto de estallar.
Para coronar este triunfo del capitalismo de amigos, se supo que Fate, muy hábilmente, le vendió parte de su predio a Aluar (sí, la otra empresa de la misma familia) por 27 millones de dólares justo antes de apagar la luz. Una jugada maestra: la plata queda en casa, el terreno se valoriza y los 920 trabajadores se quedan mirando cómo la «casta» empresarial se reacomoda. Así cierra Fate en este 2026, convirtiéndose en el monumento perfecto al modelo actual: un negocio inmobiliario exitoso sobre las ruinas de una fábrica.
